viernes, 21 de enero de 2011

La Participación de los jóvenes y la consolidación democrática

Colarse. Meterse. Ver el lugar. Entrar. Tener espacio y voz. Decir. Empezar el juego. Admirar. Encontrar a quién. Seguir a todas partes. Comprar un sueño. Regalar esperanzas. Ayudar. Hacer. Ponerse media pila. Creer. Crecer. No perderse. Encontrarse. Preguntar con la cabeza. Contestar con el corazón. Ser honesto también…
Así comienza Patricia Barral una nota publicada en el diario Perfil unos días después del fallecimiento de Raúl Alfonsín, cuando se vio a muchos jóvenes acompañando espontáneamente al líder fallecido en su velorio. A pesar de esta imagen, la nota fue titulada “La política no seduce a los jóvenes: el 74% ya no le da relevancia” y reflejaba los resultados de una encuesta hecha unos meses antes de aquel suceso donde un alto porcentaje de jóvenes se mostraba desinteresado por la participación política. La periodista sostuvo entonces que, luego de la convulsionada década de 1970 –donde se vio a los jóvenes pelear en la calle, el poder y en las conciencias- y del año 1983 –en que la recuperación democrática trajo un récord de afiliaciones a los partidos políticos-, la corrupción, la falta de espacios y la crisis de los partidos entre 1990 y 2001 llevó a que la juventud perdiese el interés por la participación y buscara dejar los asuntos políticos a “adultos curtidos y mañosos” para “ocuparse de cosas más divertidas”.
Luego de la “fiesta menemista” y del derrumbe institucional de 2001 la política se vio vapuleada y dejó de ser percibida como herramienta del cambio. Los sueños de los jóvenes, alejados de las utopías y volcados a la lógica individualista que impuso el neoliberalismo, viraron a cuestiones menos colectivas y a la realización de aportes sobre temas específicos en organizaciones no gubernamentales, marchas, grupos sociales, redes sociales o foros de Internet.
Sin embargo, muchos jóvenes optaron por ir contra la corriente y se involucraron –aunque no como antaño- en la participación política, a pesar del desgaste y la mala imagen que ello implicaba, con el desafío de sostener valores como la coherencia con los ideales, la solidaridad y la tolerancia, y procurando motivar a los congéneres a involucrarse en un proyecto para cambiar la realidad. Estos jóvenes, junto con los dirigentes que comandaron la vida política e institucional en tiempos del diluvio, contribuyeron a que el sistema de partidos sorteara la crisis institucional y lograra sobrevivir hasta la actualidad. Hoy está vigente un intento de recuperación de la vida interna y de la participación en los grandes partidos políticos, algo que se vio en las movilizaciones que siguieron a los velorios de los ex presidentes Alfonsín y Kirchner, más allá de las diferencias abismales que hubo entre ambos acontecimientos.
A pesar de ello, creo que la imagen no debe engañarnos. Porque una cosa es prestar nuestra adhesión –espontánea o no- al acompañamiento del cortejo fúnebre de un líder político y otra muy distinta es involucrarse con seriedad y responsabilidad en el debate y la solución de los problemas de la sociedad a través del canal de participación constitucional que son los partidos políticos. Considero que la recuperación de la política y de los partidos políticos de este último tiempo ha dejado en el tintero la tarea de encarar una estrategia seria para incorporar a sus ámbitos de debate, formación y participación a los jóvenes que mostraron alguna inquietud en los episodios vividos en estos últimos tiempos. Las movilizaciones y el debate juveniles son señales de que contamos con un caldo de cultivo que puede ser fructífero para la participación. Pero no hay que engañarse creyendo que la política se ha recuperado y que los jóvenes entran en masa a los partidos políticos a realizar sus sueños, creo que esa sería una visión ilusoria y conformista que no contribuye a que los jóvenes tengan el espacio y las oportunidades que merecen en la vida cívica.
Los jóvenes debemos recuperar la capacidad de soñar y la vocación por actuar que supieron tener en otras épocas las personas de nuestras edades. La historia nos muestra que en ciertas coyunturas de crisis y colapso la juventud supo rebelarse contra lo establecido y alzar una voz de reclamo pidiendo cambios que adecuaran la organización social y lo institucional a los nuevos tiempos que corrían.
Algunos ejemplos de estos alzamientos juveniles profundamente fructíferos son hoy hitos históricos que lograron trascender las fronteras de los lugares donde se desarrollaron, entre ellos la Reforma Universitaria de Córdoba y el Mayo Francés. ¿Qué tuvieron en común ambas insurrecciones juveniles? A mi criterio, en primer lugar, creo que se trató de jóvenes que se vieron excluidos de la toma de decisiones que los involucraban y los afectaban directamente. En segundo lugar, fueron jóvenes que se pusieron a la altura de las circunstancias y que demostraron que la juventud era capaz de organizarse y articular un discurso coherente, exigiendo el respeto de sus derechos y procurando salvar de una vez por todos los vicios del sistema frente a los cuales los adultos estaban tan acostumbrados. Ambas juventudes demostraron que era posible alzar la voz en un reclamo justo y que para cambiar las cosas había que ser utópico y exigir hasta lo imposible. En los hechos se mostró que cuando los jóvenes tienen ideales, son constantes en sus reclamos, se organizan, sostienen valores, creen en lo que hacen y exigen cosas sensatas, pasa a ser una necedad de los adultos el no escucharlos.
Estas cualidades y actitudes son –salvando la distancia temporal y el contexto sociopolítico- ejemplos a seguir para los jóvenes que hoy sufren las consecuencias y el impacto de la globalización y de eso que el filósofo polaco Zygmunt Bauman ha bautizado como “modernidad líquida”.
En el contexto actual de la posmodernidad, donde rige la fragmentación como regla (en lo social, lo político y lo educativo), la “cultura del zapping” como actitud frente a la vida (todo es efímero, no hay certezas, se busca el placer inmediato en las nimiedades sin ir a las cosas verdaderamente importantes) y el ideal de vida que la sociedad promueve – que según palabras de Castoriadis es “enriquézcase”-, la juventud se encuentra ante el enorme desafío de desoír el llamado a vivir centrados en el consumo y lograr salir de la anestesia capitalista que nos incita a quedarnos en lo superfluo. La sociedad entera está inserta en este esquema consumista y considero que sólo los jóvenes, con responsabilidad y visión de futuro, podemos sacarla del letargo.
Los jóvenes debemos abordar las cosas que nos afectan y tenemos que hacer oír nuestra voz a la sociedad. Debemos ser capaces de demostrar que podemos abordar los temas que nos aquejan, hablar de “cosas serias” con responsabilidad y sensatez y plantear soluciones concretas, poniéndonos a la altura de las circunstancias. La consolidación democrática depende en parte del modo en que logremos encarar nuestra participación fuera del snobismo y la venalidad con que la sociedad actual asocia a la juventud.
Hoy más que nunca tiene vigencia aquella frase de José Ingenieros que dice “juventud sin rebeldía es servidumbre precoz”. Los jóvenes necesitamos movilizarnos y despertar a nuestros pares de la ilusión del consumismo para acercarlos a la realidad y soñar con cambiarla. Debemos ejercitar una sana rebeldía que nos ayude a cuestionar aquellas certezas y parámetros establecidos que promueven la desigualdad y la fragmentación en el mundo. La “servidumbre precoz” de la que habla Ingenieros existe no sólo en forma de servilismo dócil a los postulados de los “adultos” que comandan el sistema y en el acomodamiento a lo vigente sin cuestionarlo, sino también en la actitud desinteresada frente a lo que pasa a nuestro alrededor. El individualismo pregonado por la sociedad actual lleva a que cada ciudadano se encierre en sí mismo, si conocer ni preocuparse por lo que le pasa al de al lado. Este individualismo es la base de la servidumbre y de la parálisis juvenil frente a lo que nos pasa. El desafío es repensar lo que nos pasa, iniciar un diálogo con nuestros pares y proponernos utopías ante un mundo que ha perdido la capacidad de soñar.
Otra frase señera que apuntala la importante labor que incumbe a los jóvenes argentinos del siglo XXI fue pronunciada por Raúl Alfonsín, quien sostuvo que su mensaje a los jóvenes siempre fue “sigan ideas, no sigan hombres”, contrastando la fugacidad de la vida humana con la permanencia de las ideas, y resaltando la importancia de prescindir de las lealtades personales en la vida democrática. Los jóvenes hemos de ser conscientes, gracias a esta frase, de que la democracia no se consolida mediante la adscripción de nuestra lealtad u obediencia política a un determinado dirigente sino a través de la formación, el estudio y la participación en debates donde podamos aportar nuestras visiones y discutir ideas. Los jóvenes no somos mensajeros ni botín de guerra de disputas internas, sino participantes autónomos que necesitan su propio espacio para desenvolverse en la participación política y en la vida democrática, tanto dentro de los partidos políticos como en áreas institucionales. Este espacio tenemos que ganarlo demostrando conductas ejemplares y responsabilidad. Si somos capaces de debatir los temas que nos involucran y podemos plantear cuestionamientos serios y sensatos a los dirigentes mayores y -a su vez- adherir y acatar a las decisiones correctas que se toman en las esferas de poder, estaremos dando señales explícitas de que podemos abordar con responsabilidad los temas que afectan a la sociedad y que estamos en condiciones de convertirnos en los dirigentes del mañana.
Participar implica formar parte activa de un proyecto de transformación y ello requiere de nuestra parte que seamos creativos, pensantes, proactivos, sinceros y, en cierto modo, soñadores. Debemos cimentar nuestra participación con valores como la honestidad, el respeto por la palabra, la solidaridad, la búsqueda del bien común, la tolerancia, y el respeto por el pluralismo y la diversidad de opiniones. La política necesita hacer a un lado las mezquindades y los intereses personales para volver a perseguir el bien común. Y estos valores y conductas ejemplares deben incorporarse ahora, porque cuando los jóvenes se transforman en adultos ya es demasiado tarde para cambiar sus hábitos y conductas. Aristóteles decía que la adquisición de determinados hábitos y costumbres por parte de los jóvenes no tiene poca importancia sino tiene una importancia absoluta. Las prácticas y aprendizajes que los ciudadanos incorporan como “normales” y “correctas” durante su juventud son las que realizan años después como dirigentes, sin ponerse a pensar en su moralidad o su concordancia con el bien común.
También considero fundamental que la juventud aprenda a debatir y a disentir “sanamente”, entendiendo que la participación implica muchas veces discrepar o diferenciarse para poder construir. Dice el filósofo francés Claude Lefort que “la democracia se caracteriza esencialmente por la fecundidad del conflicto”. Los jóvenes necesitamos aprender a plantear nuestro disenso en forma constructiva, para poder articular el día de mañana políticas y soluciones integrales a problemas específicos, con otros grupos o sectores políticos o sociales, sin quedarnos en la mezquindad y en la defensa sectaria de “lo propio”.
El desafío de participar y de involucrarse está más vigente que nunca y a mi parecer no faltan oportunidades. Sólo falta que los jóvenes nos decidamos de una vez por todas a ser protagonistas de nuestro tiempo, a saltar la valla de la incomunicabilidad que nos impone la modernidad y a plantearle a los adultos lo que pensamos con seriedad, coherencia y responsabilidad, invitándolos a desafiar lo establecido y a mostrar a sociedad que la juventud, como dijo alguna vez Mateo Alemán, no es un tiempo de vida sino un estado del espíritu.

Andrés Abraham – D.N.I. 34.625.419

(Ensayo presentado como trabajo final del Curso "Democracia" del Campus Virtual Arturo Illia)

viernes, 3 de diciembre de 2010

Radicales en la encrucijada (Por Luis Gregorcich*)

3/12/10 - Diario La Nación

Atrapado en el fulminante cambio de roles y la descolocación del discurso público que siguieron a la repentina muerte de Néstor Kirchner, el más antiguo partido político argentino, la Unión Cívica Radical, se debate entre un agotador internismo y la necesidad de contar con candidatos creíbles para las elecciones presidenciales de 2011. Ambas expresiones se contraponen y a la vez dependen la una de la otra.

El radicalismo ha ejercido, intermitentemente, papeles protagónicos en el último siglo (y un poco más) de historia argentina. Fundado en 1892 por Leandro Alem, una vez desmembrada la Unión Cívica, tuvo entre sus primeros sostenedores a un conglomerado de criollos viejos, núcleos de pequeños dirigentes del interior que habían apoyado al rosismo, y los integrantes menos afortunados de la elite liberal que gobernaba el país. Cuando Alem se suicidó, asumió la conducción del partido su sobrino, Hipólito Yrigoyen, que propugnaba una línea diferente para la agrupación.

Mientras Alem ponía como eje de la acción del nuevo partido el ethos , la ética, la moralidad de las conductas, Yrigoyen, lector y comentador del krausismo -versión atemperada del idealismo alemán-, fue sin embargo un jefe partidario más práctico que su tío, al elegir como estandarte de lucha la corrupción del régimen y el fraude electoral. Con ello implantó el partido en todas las provincias -lo que ocurría por primera vez- y extendió su base electoral a nuevos conglomerados de clase media, en su mayoría hijos de inmigrantes.

Lo demás es consabido. Gracias a la ley Sáenz Peña de sufragio (masculino) universal, Yrigoyen fue elegido presidente para el período 1916-22. Mantuvo la neutralidad en la Primera Guerra Mundial, defendió los recursos naturales del país (entre ellos, el petróleo) y consiguió cierto equilibrio político, aunque reprimió duramente reivindicaciones obreras en Buenos Aires y en la Patagonia. Lo sucedió Marcelo T. de Alvear (1922-28), de su mismo partido aunque de la corriente llamada antipersonalista, que le cedió nuevamente la presidencia en 1928.

A favor de la crisis y ruptura del orden económico internacional, y debido a sus propias torpezas, Yrigoyen fue depuesto por un golpe militar en 1930, al que apoyaron sectores conservadores y fascistas. Allí empieza un largo período que duraría hasta 1983 y que podría denominarse de "la Argentina inestable", interrumpido sólo por la aparición del segundo (cronológicamente hablando) gran partido y movimiento nacional, el peronismo. A la Unión Cívica Radical, lejos ya del ethos de Alem y del krausismo yrigoyeniano, le tocó desempeñar papeles arduos y deslucidos, si bien sus diputados batallaron contra la prepotencia peronista en el Congreso, y aunque pueden mencionarse dirigentes valiosos e influyentes como Ricardo Balbín, Arturo Frondizi (después pasado al desarrollismo), Arturo Illia, Crisólogo Larralde y Moisés Lebensohn.

En 1983, a la salida de la más sangrienta de las dictaduras militares, asume la presidencia, gracias al voto popular, el político que se convertirá, junto a Hipólito Yrigoyen, en uno de los dos dirigentes principales de todo el ciclo de vida de la Unión Cívica Radical: Raúl Alfonsín. ¿Cómo enfrentar la nueva etapa? ¿Cómo atacar el desencuentro nacional y la falta de éxito de un país supuestamente condenado al éxito?

En una película documental sobre la historia argentina, La República perdida , estrenada en esos días, y cuyo guión escribí, procuramos ofrecer algunas de las respuestas posibles a esas preguntas. Había que conquistar la democracia, pero sobre todo la democracia como una cuestión de duración, de permanencia y estabilidad. Tal propósito podría (debería) sostenerse por un sistema bipartidista, articulado en el peronismo y el radicalismo, cuya vigencia también estuviera asegurada en el tiempo. La experiencia de la Moncloa estaba presente. Junto con estos requisitos vendría la lucha incesante por una mayor calidad institucional y una política social y tributaria más justa.

Los 27 años transcurridos, aunque la democracia y las libertades básicas se han conservado, nos dejan un regusto más bien melancólico. El sistema político se ha desintegrado, y los partidos, en términos generales, carecen de representatividad. Sólo el peronismo, con sus mil disfraces, ha reforzado su vigencia. Los radicales, a veces dominados por mezquinos internismos, a veces enfrascados en singulares alianzas, a veces fascinados por candidaturas improbables, por lo menos han vuelto al ruedo y parecen dispuestos a organizarse como un partido moderno. ¿Alcanzará con el deseo?

En principio, el partido ha detenido la centrifugación ocurrida antes y después de la desastrosa performance en las elecciones presidenciales de 2003, y en que pareció que habría, no ya un radicalismo, sino varios fragmentos dispersos o absorbidos por otras fuerzas, nuevas o preexistentes. Poco a poco se ha podido observar, gracias a nuevas conducciones, una tendencia saludable a la unidad, que, salvo escapes ocasionales, parece hoy alcanzada.

Debe admitirse que la actitud del vicepresidente Julio Cobos, con su rebelión contra la transversalidad y el hegemonismo kirchneristas, introdujo en la escena un potencial candidato a la presidencia, devolviendo la esperanza política al conjunto del partido, al que Cobos se propuso retornar gradualmente. El sentido común, la amplitud ideológica, la capacidad de gestión demostrada durante su paso por la gobernación de Mendoza lo convirtieron en una figura apreciada por la opinión pública, que le agradeció, sobre todo, su ya famoso "voto no positivo". Pero como estas situaciones no se dan todos los días, y como Cobos debió enfrentar un feroz ataque combinado de los jefes del oficialismo a los que no supo qué contestar (ni supo hacer que otros contestaran por él), el estado de gracia empezó a decolorarse. El apoyo a Cobos se detuvo y más bien retrocedió. Hoy por hoy es un precandidato a la presidencia con escasas posibilidades de éxito.

La gran esperanza blanca del radicalismo es, en la actualidad, Ricardo Alfonsín, hijo del ex presidente y prácticamente su clon físico y político. Es lícito aprovechar estos parentescos cercanos, que en la Argentina se han dado, sobre todo, a través de sociedades conyugales (los Justo, los Perón, los Duhalde, los Kirchner); sin embargo, siempre habrá sutiles diferencias que los ciudadanos percibirán en el momento en que haga falta.

Se ha dicho que Ricardo Alfonsín pretende darle al radicalismo -y en esto es probable que crea seguir estrictamente la línea de su padre- un perfil socialdemócrata. Aquí podría iniciarse un debate. El término "socialdemocracia" empieza a tener peso después de la Segunda Internacional, en 1889, en especial con la creación del Partido Socialdemócrata alemán. Karl Kautsky será el principal teórico e impulsor, que propugna un camino reformista y pacífico al socialismo, al que se vincula con un crecimiento de la democracia y una plena aceptación del parlamentarismo. Después de la Segunda Guerra Mundial, otro alemán, Willy Brandt, es uno de los fundadores, en 1951, en Fráncfort, de la Internacional Socialista, de orientación socialdemócrata, a la que el primer Alfonsín acercó al radicalismo.

¿Puede la Unión Cívica Radical ser calificada de socialdemócrata? Por empezar, como típico partido de la clase media, carece de uno de los rasgos esenciales de los partidos socialdemócratas: no representa a un sector amplio de la clase obrera, ni tiene relación íntima de por lo menos una parte del sindicalismo que la defiende. Quizás ésta sea una de las marcas del drama argentino: no haber podido crear, dentro del sistema político, un partido que a la vez esté cerca de las clases obreras y del aprecio por las instituciones, que promueva a la vez el reformismo parlamentario y la justicia social.

Con este planteo, parecería que el radicalismo, más que darse una rigurosa ubicación ideológica, debería seguir siendo un gran partido "a la argentina", es decir, no cerrado ideológicamente, movimientista, tendiendo la mano a derecha e izquierda, aunque sin perder su índole popular y social. De todos modos, Ricardo Alfonsín ha comenzado a construir un tejido de alianzas que parecen señalar un buen camino frente a la poderosa máquina electoral y económica del oficialismo, que en el presente aparece, gracias al período aún vigente del luto solidario, como imbatible. El tiempo dirá.

Mientras tanto, se ha nombrado como tercero en discordia, entre los precandidatos radicales, al presidente del partido, Ernesto Sanz. Se dijo de él que no tenía la suficiente instalación ni el conocimiento adecuado por parte de la opinión pública. Es cierto. Pero si todos terminaran convencidos de que es la persona más equilibrada e idónea para unir al partido y ampliar su expansión electoral, una eficaz y honesta campaña de no más de 180 días revertiría fácilmente esa tendencia. También hay que tenerlo en cuenta. Habrá que ver si el radicalismo hace honor a su historia o cede frente a circunstancias adversas.

*Luis Gregorich es un reconocido periodista y escritor, ha sido entre otras cosas guionista del documental "La República Perdida", Vicepresidente de la SADE y miembro de la APDH.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

martes, 16 de noviembre de 2010

Illia en pijamas (Por Alfredo Leuco - 15/11/2010)


El sábado, en su glorioso recital, Jairo contó una vivencia estremecedora de su Cruz del Eje natal. Una madrugada su hermanita no paraba de temblar mientras se iba poniendo morada. Sus padres estaban desesperados. No sabían que hacer. Temían que se les muriera y fueron a golpear la puerta de la casa del médico del pueblo. El doctor Arturo Illia se puso un sobretodo sobre el pijama, se trepó a su bicicleta y pedaleó hasta la casa de los González. Apenas vio a la nenita dijo: “Hipotermia”. “No sé si mi padre entendió lo que esa palabra rara quería decir”, contó Jairo. La sabiduría del médico ordenó algo muy simple y profundo. Que el padre se sacara la camisa, el abrigo y que con su torso desnudo abrazara fuertemente a la chiquita a la que cubrieron con un par de mantas. “¿No le va a dar un remedio, doctor?”, preguntó ansiosa la madre. Y Arturo Illia le dijo que para esos temblores no había mejor medicamento que el calor del cuerpo de su padre.

A la hora la chiquita empezó a recuperar los colores. Y a las 5 de la mañana, cuando ya estaba totalmente repuesta, don Arturo se puso otra vez su gastado sobretodo, se subió a la bicicleta y se perdió en la noche. Jairo dijo que lo contó por primera vez en su vida. Tal vez esa sabiduría popular, esa actitud solidaria, esa austeridad franciscana lo marcó para siempre. El teatro se llenó de lágrimas. Los aplausos en la sala denotaron que gran parte de la gente sabía quien había sido ese médico rural que llegó a ser presidente de la Nación. Pero afuera me di cuenta que muchos jóvenes desconocían la dimensión ética de aquél hombre sencillo y patriota. Y les prometí que hoy, en esta columna les iba a contar algo de lo que fue esa leyenda republicana.

Llegó a la presidencia en 1963, el mismo año en que el mundo se conmovía por el asesinato de John Fitzgerald Kennedy y lloraba la muerte del Papa Bueno, Juan XXIII.

Tal vez no fue una casualidad. El mismo día que murió Juan XXIII nació Illia como un presidente bueno. Hoy todos los colocan en el altar de los próceres de la democracia.

Le doy apenas alguna cifras para tomar dimensión de lo que fue su gobierno. El Producto Bruto Interno (PBI) en 1964 creció el 10,3% y en 1965 el 9,1%. “Tasas chinas”, diríamos ahora. En los dos años anteriores, el país no había crecido, había tenido números negativos. Ese año la desocupación era del 6,1%. Asumió con 23 millones de dólares de reservas en el Banco Central y cuando se fue había 363. Parece de otro planeta. Pero quiero ser lo mas riguroso posible con la historia. Argentina tampoco era un paraíso. El gobierno tenía una gran debilidad de origen. Había asumido aquel 12 de octubre de 1963 solamente con el 25,2% de los votos y en elecciones donde el peronismo estuvo proscripto.

Le doy un dato mas: el voto en blanco rozó el 20% y por lo tanto el radicalismo no tuvo mayoría en el Congreso. Tampoco hay que olvidar el encarnizado plan del lucha que el Lobo Vandor y el sindicalismo peronista le hizo para debilitarlo sin piedad. Por supuesto que el gobierno también tenía errores como todos los gobiernos. Pero la gran verdad es que Illia fue derrocado por sus aciertos y no por sus errores. Por su historica honradez, por la autonomía frente a los poderosos de adentro y de afuera. Tuvo el coraje de meter el bisturí en los dos negocios que incluso hoy mas facturan en el planeta: los medicamentos y el petróleo. Nunca le perdonaron tanta independencia. Por eso le hicieron la cruz y le apuntaron los cañones. Por eso digo que a Illia lo voltearon los militares fascistas como Onganía que defendían los intereses económicos de los monopolios extranjeros. El lo dijo con toda claridad: a mi me derrocaron las 20 manzanas que rodean a la casa de gobierno.

Nunca más un presidente en nuestro país volvió a viajar en subte o a tomar café en los bolichones. Nunca mas un presidente hizo lo que el hizo con los fondos reservados: no los tocó. Nació en Pergamino pero se encariñó con Cruz del Eje donde ejerció su vocación de arte de curar personas con la medicina y de curar sociedades con la política. Allí conoció a don González el padre de Marito, es decir de Jairo. Atendió a los humildes y peleó por la libertad y la justicia para todos.

A Don Arturo Umberto Illia lo vamos a extrañar por el resto de nuestros días. Porque hacía sin robar. Porque se fue del gobierno mucho mas pobre de lo que entró y eso que entró pobre. Su modesta casa y el consultorio fueron donaciones de los vecinos y en los últimos días de su vida atendía en la panadería de un amigo. Fue la ética sentada en el sillón de Rivadavia. Yo tenía 11 años cuando los golpistas lo arrancaron de la casa de gobierno. Mi padre que lo había votado y lo admiraba profundamente se agarró la cabeza y me dijo:
- Pobre de nosotros los argentinos. Todavía no sabemos los dramas que nos esperan.

Y mi viejo tuvo razón. Mucha tragedia le esperaba a este bendito país. Yo tenía 11 años pero todavía recuerdo su cabeza blanca, su frente alta y su conciencia limpia